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BIOGRAFÍA DE De Ibarra y Mallea, Miguel
 
 
De Ibarra y Mallea, Miguel
Nació en la villa de Eibar en Guipúzcoa, España, hacia 1555.Fue hijo legítimo de Cristóbal Pérez de Ibarra, nacido en Sevilla en casa de sus abuelos maternos, luego posó donde el viscaino Antonio de Isase, mercader de fierro y herraje en Sevilla, se reintegró a Eibar donde vivían sus parientes paternos, allí fue Escribano en propiedad, porque aunque no poseía título académico era experto en oficios de pluma, pero no tuvo ejerció porque desdecía de su calidad. Dueño de la casa torre de Ulzaga heredada a su tío Martín Ibáñez de Ibarra que murió de la cos de una mula y sin descendientes. Ocupó puesto de Alcalde y cargos de Regimiento y Procurancias de Juntas y cuando la reina Isabel, mujer del Emperador Carlos V, pasó por esa provincia, en unión de los restantes Procuradores guipuzcoanos besó las manos de Su Majestad. En Eibar tuvo casa y tierras y casó con su vecina Magdalena de Mallea y Azpiri natural de la villa de Hermúa situada a corta distancia de Eibar. La familia Ibarra es de hidalgos de Unzaga, donde tienen solar conocido, todos ellos vascos.

En 1574 ingresó al Colegio de Nobles de Bilbao, después fue estudiante externo a la Universidad de Salamanca a fin de seguir Sagrados Cánones. Se graduó de Bachiller el 8 de Abril de l579 y de Licenciado el 2l de Diciembre de l582. Mientras tanto, desde l576, su hermano Juan de Ibarra ejercía en San Lorenzo del Escorial como Secretario de Felipe II para los asuntos de América.

El 23 de Octubre de l591 fue designado Oidor de la Audiencia de Nueva Granada con 2.216 ducados al año de sueldo y con derecho a llevar seis criados a Indias, así como joyas por valor de 500 ducados. Luego se le autorizó a llevar tres esclavos negros para su servicio.

Habiendo arribado a Cartagena en Mayo del 92 no quiso hospedarse donde el Gobernador, prefiriendo la casa del Capitán Tristan de Uribe Salazar. El Presidente de la Audiencia Antonio González le dio la bienvenida en Honda y dispuso que espere allí al Oidor Alejandro Egas de Guzmán para que juntos entren en Bogotá, perdiendo de esta manera su calidad de Oidor Decano, honor que González quería dar a Egas por conocerle desde muchos antes, cuando ambos eran compañeros en el mismo Colegio en España.

Para colmos, le encomendó realizar la Visita General de Indios, peligroso trabajo de años pues debía enfrentar a los Encomenderos y a los curas doctrineros para hacer el recuento de los indios a su cargo e imponer el tributo a los varones en edad. La visita duró entre 1593 y el 12 de Febrero del 95 que firmó la Relación, cuyo original reposa en el Archivo de Indias, pero solo duró catorce meses porque fue interrumpida seis, por orden del mismo Presidente González, quien quería que Ibarra se dedique a recolectar los idolillos de oro que poseían los hechiceros en sus santuarios, posiblemente con la finalidad de terminar sus idolatrías y convertirlos en barras para su envío a la Corona, que periódicamente solicitaba remesas de dinero.

Durante la visita colectó tributos y requisó 164 figurillas idolátricas por valor de 4l6 pesos y luego otras figuras más por 1,400 pesos. En Fontibon trató de extirpar la idolatría en compañía del Maestrescuela Porras Mejía. En la instrucción religiosa se sirvió del clérigo Gonzalo Bermúdez que hablaba las lenguas de los indígenas.

En 1598 falleció el Oidor Egas de Guzmán y se ausentó el Presidente González a España, siendo reemplazado por el Dr. Francisco de Sande que había ejercido iguales funciones en Guatemala. Ibarra ya era Oidor Decano y realizó la nueva tasa de tributos indígenas quitando a los Encomenderos “muy suavemente” el servicio personal de los indios. En 1599 ascendió al trono Felipe III, arribaron a Bogotá los Oidores Diego Gómez y Luis Enríquez, así como el Arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero.

El 12 de Abril fue promovido a la presidencia de Quito pero diversas complicaciones le retuvieron en Bogotá hasta que finalmente se puso en camino. El 29 de Enero de 1600 llegó a Pasto donde le recibió un delegado de la Audiencia, formada por los Oidores Moreno de Mera, Barrio de Sepúlveda y Rodrigo de Aguiar, siendo Fiscal Blas de Torres Altamirano.

Fue recibido en Quito el 22 de Febrero por los miembros de la Audiencia, el Obispo fray Luis López de Solís, las cinco Ordenes religiosas, teniendo a sus lados al Alférez Real Diego Sancho de la Carrera y al Regidor Perpetuo Pedro Ponce de Castillejo enviados días antes por el Cabildo para que le sirvan y regalen desde Guápulo. Encontró que la ciudad aún estaba dividida en bandos a causa de los sangrientos sucesos de la revolución de las Alcabalas durante la presidencia del Dr. Barros de San Millan en 1.592, pues no se habían superado las odiosidades con el interinazgo del Lic. Esteban Marañón.

Poco tiempo después solicitó al Rey la dispensa para abrazar el servicio religioso a lo que había estado inclinado desde su juventud. El Consejo de Indias le facultó hacerse clérigo presbítero para su mucho consuelo siempre y cuando obtenga un Breve Papal que le permita conocer y resolver – con esa condición – las causas penales que se le presenten; pero dicho Breve nunca llegó.

En 1602 comenzaron los amoríos del Fiscal de la Audiencia Dr. Blas de Torres Altamirano con su vecina del frente Ana Jaramillo de Paz, descendiente de conquistadores y esposa del Dr. Pedro Luis de Acosta, abogado y rico Encomendero con 3,000 pesos de renta. Unas veces ella pasaba a la casa del Fiscal y en otra era él quien se escurría por las noches. Como los criados chismearon, la parentela de Acosta intervino. El Obispo fray Luís López de Solís cometió la tontería de informar al Rey y el Presidente empezó a aconsejar el enamorado Fiscal, pero de nada valieron ambas intervenciones. Mientras tanto, el anciano esposo – enterado por una carta anónima – se puso sobre aviso y una noche encontró a Torres Altamirano en su casa y habiendo atacado con espada en mano el otro se descolgó por unas escaleras y fácilmente huyó. Desde ese día el anciano empezó a peder la razón y comía en exceso, incluso llegó a comer cosas inmundas. La esposa se fue a dormir a otro cuarto y declaró que lo hacía porque su marido – con la enfermedad – apestaba. Una madrugada el Lic. Francisco Méndez, Provicario y primo del Dr. Acosta, a las cuatro de la mañana esperó en la puerta de calle a Torres Altamirano y cuando éste salió le abrazó por detrás sujetando la guarnición de la espada, mientras le hacía firmes reflexiones. A las voces acudió Doña Ana semidesnuda y arrodillada ante el Provicario le suplicó que no delate el asunto, que ella y Don Blas prometían enmienda, pero no fue verdad porque siguieron en las mismas. A poco el Dr. Acosta murió y como el cadáver tomó una coloración oscura y el Dr. Diego Almeida, médico de cabecera, dijo que su pulso era firme. El vecindario murmuró que había sido envenenado. El padre Francisco Méndez exigió que se abra el cadáver. Doña Ana había realizado diversos obsequios a su amante por más de 8.000 ducados y quiso casar a una de sus hijas con un criado de él, lo cual no pudo, porque la hija se escapó de la casa.

Tantos escándalos, en una ciudad pequeñita y entre personas de viso, motivaron a intervenir al Obispo y al Presidente. Doña Ana fue obligada a salir de la ciudad y recluírse en una hacienda. El Virrey del Perú, Conde de la Monclova, confirmó el destierro. El Fiscal dio a quejarse en público. Pasaron los meses y la parentela de la viuda favorecieron que ésta contraiga segundas nupcias con Don Juan de Guzmán, a quien los amantes pensaron tenerlo de pantalla, pero el asunto no fue así porque Guzmán se reveló contra tal situación y para evitar más problemas el Fiscal se cambió de casa a diez cuadras de Doña Ana. El 23 de Septiembre de 1606 a eso del mediodía, cuando Don Blas cruzaba a caballo con el séquito de sus negros la plaza mayor de Quito, se atravesó Don Juan de Guzmán y con un brusco movimiento de la capa azotó la cabeza del caballo del Fiscal y pasó sin quitarse el sombrero en su delante. Esto constituía un desacato a la autoridad. Torres Altamirano gritó “Andad bellaco desvergonzado que yo os haré castigar” pero el otro le hizo frente y le apostrofó “Perro judío”. Desde los balcones del Cabildo contemplaban sonrientes la escena el Corregidor Fernando de Castro, el Alguacil Diego de Niebla y otros adversarios del Fiscal.

El Presidente Ibarra dispuso la prisión de Guzmán y la de Torres Altamirano en su casa, y que no la quebrante so pena de multa de dos mil pesos. Después le solicitaron que entregue las llaves de la caja de caudales y como no lo hizo fue castigado por la Audiencia con una multa de doscientos pesos, por cuya cantidad le tomaron una fuente grande, un jarro y un salero de plata. Cuarenta y dos días llevaba en prisión cuando en Noviembre el Presidente Ibarra inició el Juicio criminal. Los testigos eran llevados en sillas de mano con las cortinas bajas para proteger la identidad. Los amigos del Fiscal se propusieron visitar al Presidente para recusarle lo mismo que al Corregidor Pedro Ponce de Castillejo pero como era de noche no fueron aceptados en las Casas Reales. Cuando regresaron donde el Fiscal, este no se contuvo y tomando su capa salió a las Casas en medio de copioso aguacero seguido de amigos embozados y de africanos esclavos. A empellones se abrió paso entre los porteros, ingresó al despacho y en alta voz le dijo que no lo consideraba un Juez, que no se daba por preso ni procesado pues recusaba la competencia del Presidente y el Corregidor.

El Presidente Ibarra se puso de pie, dio voces, entró el Alguacil y los gendarmes, mientras los embozados desaparecían del patio. El Fiscal fue llevado a un calabozo común en la cárcel de Corte, donde fue sentenciado por Ibarra a la destitución y pérdida de su empleo, destierro y multa, pero como apeló a Madrid mientras se resolvía el asunto falleció el Presidente Ibarra, sus amigos le consiguieron el apoyo de la Corte y del Virrey del Perú y volvió a ser Fiscal, esta vez de la Audiencia de Lima, donde contrajo matrimonio ventajoso y tuvo tres hijos.

Otro asunto importante fue la fundación de la Villa de San Miguel de Ibarra, así llamada en su honor, el 28 de Septiembre de l.606, víspera de la fiesta de San Miguel Arcángel, en el valle de Caranqui, dentro de un triangulo formado por los ríos Taguando y Ajaví, para superar una necesidad geopolítica, pues entre Quito y el mar del Sur no existía una población de españoles sino simples caseríos indígenas, aparte que hacia el norte de Quito unicamente estaba la lejana Pasto.

El valle fue escogido por el Capitán Cristóbal de Troya Pinque por espacioso, pintoresco y tener clima abrigado. A la ceremonia asistieron el Corregidor del partido de Otavalo Diego López de Zúñiga, treinta hidalgos representantes de los ciento sesenta nuevos vecinos. Los monjes agustinos fray Gabriel de Saona y fray Pedro de San Agustín, los dominicanos fray Pedro Bedón y fray Juan de Arcaya. De Escribano asistió Pedro Carvallo quien leyó el Acta de Fundación. El plano contenía 81 cuadras, divididas en cuatro solares cada una, sobre tierras que fueron expropiadas a sus dueños el estanciero Antonio Cordero, Juana Atabalipa nieta del Inca y viuda de Gonzalo de Carvajal y al común de indios de Caranqui compensados en partes iguales con tierras realengas o pagados en dinero. Troya fue el primer Corregidor y cuidó de construir la primera iglesia, repartió solares a los franciscanos y mercedarios. Los dominicanos tenían al extremo un convento dedicado a Nuestra Señora de la Peña de Francia y los agustinos un hospicio.

En Abril de l608 guardaba cama pero seguía al frente de los asuntos administrativos y de gobierno. Su dolencia era el mal de orina, posiblemente de origen prostático, que se fue agravando. Uno de sus sirvientes fue enviado a Guayaquil para traerle al Dr. Fernando de Meneses pero todo fue en vano porque el Presidente falleció en Quito, asistido por el Obispo fray Salvador Ribera, tras casi tres semanas de cama, el día 29, faltando poco tiempo para cumplir ocho años en el gobierno y con la santidad de costumbres con que había vivido.

Fue enterrado en la capilla del Comulgatorio fundada por el conquistador Rodrigo de Salazar en el interior de la Iglesia de San Francisco, de la cual era patrono el Presidente Ibarra, que le fue asignada para su entierro. Su lápida en piedra, con su Escudo de Armas e inscripción, fue descubierta en 1919 por los religiosos del Convento y el historiador Julio Landívar Ugarte.

El Juez de Residencia Juan Fernández de Recalde dictaminó en sentencia que no encontraba culpa alguna en su gobierno.

 

 
( 1555 - 1608 )

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